Adorables mentiras – Análisis discursivo

Película Adorables mentiras – Análisis discursivo: Machismo estructural y doble moral en Cuba

¿Dónde ver la película Adorables mentiras?

Puedes ver la película completa aquí en YouTube, por si deseas revisar los momentos donde aparecen estas expresiones.

Adorables mentiras - Análisis discursivo de la película y sus principales ejes temáticos

Introducción de la película Adorables mentiras – Análisis discursivo

La película Adorables mentiras articula su relato a partir del cruce de cuatro personajes cuyas trayectorias condensan conflictos característicos de la sociedad en Cuba de finales de los años ochenta. Jorge Luis, guionista frustrado y figura del intelectual precarizado, que vive atrapado entre la aspiración creativa y la mediocridad cotidiana; cuyo matrimonio con Flora, mujer trabajadora y principal sostén económico del hogar, se sostiene sobre una combinación de sacrificio, rutina y silencios. La irrupción de Isabel, joven esposa de un funcionario estatal, introduce un desplazamiento en esa estabilidad aparente: su belleza, su ambigüedad y su pasado oculto la convierten tanto en objeto de deseo como en catalizadora de contradicciones masculinas, artísticas y morales largamente contenidas. En el margen de esta trama se sitúa Nancy, amiga de Isabel y figura profundamente desajustada respecto a la norma social, cuya hipersensibilidad, sexualidad visible y precariedad material la colocan en una posición de exclusión constante. A través de estas relaciones cruzadas —matrimoniales, afectivas, laborales y simbólicas—, la película despliega una historia de amor, desamor y simulación, donde la mentira opera menos como excepción que como mecanismo ordinario de supervivencia en un sistema atravesado por el machismo estructural, la desigualdad y la doble moral en Cuba.

1. Elementos de género

Desde sus primeras escenas, la película Adorables mentiras construye un retrato preciso de la doble moral masculina como uno de los pilares del orden social y simbólico de la Cuba de finales de los años ochenta. Este machismo estructural no aparece como un rasgo psicológico individual ni como una desviación excepcional, sino como un sistema discursivo normalizado, compartido por hombres y mujeres, reproducido en el lenguaje cotidiano, en los gestos mínimos y en las reacciones emocionales de los personajes. Lejos de denunciarlo de manera frontal, la película lo expone como norma, como sentido común, como estructura invisible que organiza las relaciones afectivas, laborales y simbólicas.

En este entramado, Jorge Luis encarna la figura del intelectual masculino socialmente legitimado, cuya posición simbólica le permite transgredir sin sanción. Su machismo se manifiesta a través de microgestos y prácticas discursivas aparentemente inofensivas, pero profundamente reveladoras. El hecho de quitarse el anillo de casado antes de abordar a Isabel funciona como un signo visual condensado: el matrimonio no opera como límite ético, sino como elemento reversible, activable o desactivable según las necesidades del deseo. La fidelidad, en este esquema, es exigible a la mujer, pero negociable para el hombre. A ello se suma la mentira sistemática —sobre su estatus profesional, premios inexistentes o lugar en el campo cultural—, que no genera conflicto moral alguno, sino que se presenta como estrategia legítima de seducción, asociada al ingenio y a la inteligencia masculinos.

Por otra parte, esta lógica se refuerza mediante la coartada del arte y la creación. Jorge Luis justifica su ausencia del hogar, su desinterés afectivo por Flora y su cercanía con Isabel en nombre del proceso creativo. El arte funciona aquí como dispositivo de impunidad masculina: escribir, pensar, “compenetrarse” con el cineasta suspende toda responsabilidad doméstica y emocional. Mientras Flora sostiene materialmente el hogar —vende dulces, ralla coco, cuida a la hija—, Jorge Luis habita un espacio abstracto donde el trabajo intelectual no produce ingresos reales, pero sí prestigio simbólico. El machismo se articula así también en términos económicos y sociales: el hombre crea mientras la mujer sostiene el hogar.

Esta jerarquía moral se vuelve especialmente explícita en la distinción entre adulterio heterosexual y homosexualidad. La infidelidad masculina, aunque dolorosa, resulta finalmente tolerable dentro del orden social representado. La homosexualidad, en cambio, aparece como límite absoluto. La reacción de Flora al descubrir la traición es asombrosa: su alivio no proviene del fin del engaño, sino de la confirmación de que su marido “no es maricón”. El grito de júbilo —“mi marido es hombre, machote”— relativiza la infidelidad y reafirma la norma heterosexual como garantía de orden simbólico. El adulterio confirma la masculinidad; la homosexualidad la amenaza. El machismo estructural y la homofobia operan aquí de manera inseparable.

En este punto resulta pertinente leer la película desde la noción de género como tecnología social propuesta por Teresa de Lauretis (1987): no como atributo individual, sino como efecto de dispositivos narrativos, institucionales y simbólicos que producen posiciones diferenciadas para hombres y mujeres. En la película Adorables mentiras, estos dispositivos se encarnan en tres modelos femeninos claramente diferenciados.

Isabel representa la figura de la adaptación. Su cuerpo funciona como capital simbólico del poder: joven, bella, silenciosa, asociada a un funcionario mayor que exhibe su juventud como signo de estatus. Su sexualidad está permanentemente negociada, vigilada y administrada. El casting al que es sometida —presentado como ejercicio actoral— constituye una escena clara de abuso de poder pre-MeToo, donde la frontera entre lo profesional y lo sexual se diluye deliberadamente. La violencia no genera escándalo; se naturaliza. Isabel sobrevive porque aprende a moverse dentro del sistema, no porque lo acepte.

Nancy, en contraste, encarna la figura de la marginalidad. Sexual, verbalmente desinhibida y emocionalmente excesiva, es castigada por no canalizar su cuerpo hacia el poder ni contenerlo dentro del matrimonio. Hipersexualizada, patologizada y criminalizada, su exclusión laboral y social revela el funcionamiento disciplinario de la moral revolucionaria. Paradójicamente, es la única figura verdaderamente empática del relato: cuida, acoge, protege. Tal como plantea Michel Foucault (1976), la sexualidad no opera únicamente como ámbito del deseo, sino como dispositivo de control social, donde la normalización y la vigilancia resultan más eficaces que la sanción directa.

Flora representa el tercer modelo: la mujer sacrificada que sostiene materialmente el hogar y reproduce activamente el orden patriarcal. Su tragedia no es solo la traición, sino la imposibilidad de imaginar una vida fuera de ese marco. Acepta la infidelidad, teme el escándalo y encuentra alivio en la confirmación de la heterosexualidad de su marido. Su sometimiento no es pasivo, sino estructural.

La violencia de género atraviesa este eje como hecho estructural. El relato de la violación de Isabel en el ámbito familiar no se presenta como excepción traumática, sino como experiencia normalizada. La frase “lo que todo el mundo hace en estos casos” condensa una naturalización extrema de la violencia: la solución no es la denuncia, sino la huida. El silencio, la narración en tercera persona y el desplazamiento geográfico funcionan como estrategias de supervivencia. El cuerpo femenino aparece así como territorio de expulsión.

Este machismo estructural se manifiesta también en escenas aparentemente secundarias. En el restaurante, una mujer interviene en una conversación entre desconocidos y es inmediatamente silenciada por un hombre con la frase: “cállate tú, que esto es una conversación de nivel”. La escena no se subraya ni se problematiza; continúa sin consecuencias. Precisamente en esa ausencia de reacción reside su potencia crítica: el gesto revela un orden discursivo donde la palabra femenina es deslegitimada de manera automática y pública, sin necesidad de justificación. Se trata de un machismo asumido, integrado en la interacción cotidiana, que no requiere violencia explícita porque opera como norma compartida.

Finalmente, la construcción de la masculinidad se articula también en clave racial, revelando una jerarquización interna entre los propios sujetos masculinos. El cuerpo masculino negro aparece como significante sexual hipersexualizado y exotizado, condensado en la figura del “príncipe africano”, descrito por Nancy como un negro “blanquirrico”, imaginado como proveniente de Nigeria o Senegal. Esta caracterización combina deseo, fantasía y blanqueamiento simbólico: el cuerpo negro es erotizado en tanto excepcional, es decir, despojado de su inscripción social cotidiana.

En contraste, el personaje de Ariel encarna el reverso de esta fantasía: un hombre negro próximo, cotidiano, inscrito en el espacio doméstico y vecinal, cuya masculinidad es construida a partir de estereotipos degradantes. Nancy lo describe como acomplejado, torpe para el baile y corporalmente insuficiente, rasgos que funcionan como marcadores de desvalorización simbólica. Su rechazo no se funda en el color de la piel, sino en la imposibilidad de que ese vínculo le permita acceder al placer, al goce y a una vida distinta. Sin embargo, ese mismo deseo —expresado sin pudor— es el que la estigmatiza socialmente y la convierte en “puta”. La película muestra así un círculo vicioso: la búsqueda del deseo conduce al estigma, y el estigma refuerza la exclusión.

Frente a estas figuras, la masculinidad blanca intelectual, encarnada por Jorge Luis, aparece como frágil, insegura y permanentemente vigilada, pero socialmente validada. Su lugar simbólico depende de la reafirmación constante de la heterosexualidad y del ejercicio de poder cultural. La película expone así que el orden patriarcal no solo oprime a las mujeres y a las disidencias sexuales, sino que también clasifica y jerarquiza a los hombres según criterios de raza, clase y capital simbólico.

Como afirma Gerardo Chijona, Adorables mentiras “no es una película de respuestas sino de preguntas” (1992). Es precisamente en esa ambigüedad —entre humor, tragedia y crítica social— donde el film logra exponer los dispositivos de poder sin convertirlos en panfleto.

2. Elementos de lenguaje fílmico y análisis discursivo

 Este segundo eje se articula en torno al uso del lenguaje fílmico como dispositivo crítico. La película no se limita a narrar una historia de engaños afectivos, sino que inscribe su mirada social en los espacios, los objetos, las elipsis y la estructura metacinematográfica. El cine no es solo tema: es forma, memoria y mecanismo de revelación.

La escena inaugural en la Cinemateca Charles Chaplin sitúa el relato en el centro simbólico de la vida cultural habanera. No se trata de un espacio neutro, sino de un lugar de prestigio, jerarquía y simulación. Los comentarios despectivos conviven con felicitaciones hipócritas; la palabra pública no coincide con el pensamiento privado. El cine aparece así como campo atravesado por rituales, permisos y máscaras.
En términos bourdieusianos, el universo cinematográfico que retrata la película funciona como un campo cultural cerrado, donde el capital simbólico —premios, contactos, cercanía institucional— prevalece sobre el talento real, y donde la impostura se convierte en estrategia legítima de supervivencia (Bourdieu, 1992).

A ello se suma una dislocación temporal fundamental: rodada en la Cuba de finales de los años ochenta y estrenada en 1992, la película registra un país que ya no existe. Las tiendas abastecidas, la comida visible y ciertos gestos cotidianos adquieren retrospectivamente un valor espectral. Sin proponérselo, el film se convierte en archivo material de una Cuba previa al Período Especial.

El dispositivo de cine dentro del cine refuerza esta dimensión crítica. Aspirantes a guionistas, directores establecidos y castings simulados componen una sátira del campo intelectual. El guion que Jorge Luis intenta escribir no es solo un proyecto artístico fallido, sino un espacio de extracción narrativa donde la experiencia vital de Isabel es instrumentalizada como “material dramático”. Como señala Christian Metz, cuando el cine expone su propio mecanismo de producción deja de ser un relato transparente y se convierte en un dispositivo autorreflexivo que interroga sus propias condiciones de posibilidad (Metz, 1977).

Los espacios y los objetos refuerzan esta lógica: el anillo retirado, las flores arrojadas a la basura, los electrodomésticos que compra García, las divisas y los carteles políticos funcionan como signos ideológicos. El montaje y la elipsis culminan esta violencia simbólica: la posible muerte de Nancy se suspende mediante un corte banal. No muere, pero su desaparición momentánea es tratada como narrativamente prescindible. El salto temporal final no trae transformación, sino repetición: todos aceptan habitar la doble moral en Cuba como forma de equilibrio, y el poder —incluso cuando es detectado— se recicla, se desplaza y continúa intacto.

3. Análisis socio-lingüístico  

El tercer eje aborda el lenguaje como archivo ideológico. En la película Adorables mentiras, el habla no acompaña la acción: la produce. El film pone en circulación registros múltiples —oficialista, coloquial, íntimo, marginal— que revelan una sociedad profundamente jerarquizada.

Por un lado, el discurso burocrático de García ejemplifica el lenguaje performativo del poder. Fórmulas como “¿Cómo va la zafra?” o “cadena puerto–transporte–economía interna” no buscan comunicar información, sino confirmar pertenencia. Son actos de habla autorreferenciales, desconectados de la experiencia vivida. La sátira surge de esa disonancia entre palabra y realidad.

Por otro lado, la moral revolucionaria opera como dispositivo disciplinario. Expresiones como “trabajo útil a la sociedad” legitiman la exclusión sin necesidad de violencia explícita. La sexualidad femenina se convierte en expediente político; la neutralidad administrativa encubre la sanción moral.

Asimismo, el discurso sobre el extranjero revela una jerarquía simbólica profundamente internalizada. El idioma, la divisa y la apariencia funcionan como capital simbólico. Hablar inglés abre puertas; “no cambio dólares” condensa simultáneamente deseo y estigma, mientras expresiones como “¿qué pensarán los turistas?” revelan hasta qué punto la mirada extranjera opera como instancia de evaluación moral y social, desplazando el juicio interno hacia un afuera legitimador.

El racismo circula a través de expresiones aparentemente banales, integradas al sentido común. Cuando Flora afirma que, de no mudarse del barrio, su hija “bailará los 15 con un negro”, el enunciado funciona como marcador de degradación social. Del mismo modo, el relato de Nancy oscila entre exaltación y cosificación del cuerpo negro, que aparece reducido a función simbólica como fetiche sexual. En paralelo, el registro coloquial actúa como archivo ideológico: expresiones como “meado de gato”, “putica”, “maricón” o “eso es lo que todo el mundo hace” condensan sistemas completos de valores y violencias naturalizadas.

Finalmente, la película no formula una crítica política directa ni adopta una postura frontal frente al sistema, en coherencia con la voluntad explícita de su director de evitar el panfleto y el cine de tesis. Sin embargo, esta ausencia de confrontación explícita no implica neutralidad ni silencio ideológico. Por el contrario, la película Adorables mentiras articula una red de críticas veladas —que atraviesan la política cultural, la escasez material, la vivienda, el transporte, la vigilancia, la economía paralela, la jerarquía del extranjero y la impunidad institucional— desplazándolas sistemáticamente hacia el segundo plano del relato. Murmullos, comentarios laterales, frases dichas “al pasar” y situaciones aparentemente anecdóticas concentran estas observaciones, configurando un modo de decir indirecto, fragmentado y socialmente reconocible. El segundo plano se convierte así en un espacio seguro de enunciación crítica, donde el malestar colectivo circula como comentario, rumor o ironía, reproduciendo una práctica discursiva extendida en la Cuba de la época: decir sin decir, señalar sin confrontar, dejar constancia sin asumir la centralidad del discurso político.

Conclusión: 

La película Adorables mentiras construye una diagnóstico estructural de la sociedad de Cuba de finales de los años ochenta a partir de la articulación entre género, lenguaje y dispositivo cinematográfico. Sin formular tesis explícitas ni ofrecer soluciones morales, la película muestra cómo la mentira, el silencio y la simulación funcionan como mecanismos ordinarios de adaptación a un orden social marcado por el machismo estructural, la desigualdad simbólica y la precariedad material.

En el cierre, esa lógica se confirma sin ambigüedades: todos aceptan vivir en la doble moral, y el funcionario, aun detectado en su corrupción, conserva su cargo, continúa viajando y redistribuye regalos, incluso a la familia del amante de su esposa. El sistema no castiga; absorbe. La mentira deja de ser excepción y se consolida como forma estable de convivencia

Referencias bibliográficas: 

Bourdieu, Pierre. Las reglas del arte. Barcelona: Anagrama, 1992.

Chijona, Gerardo. Entrevistas y declaraciones en: https://endac.org/encyclopedia/adorables-mentiras/

De Lauretis, Teresa. Technologies of Gender. Bloomington: Indiana University Press, 1987.

Foucault, Michel. Historia de la sexualidad, vol. I. México: Siglo XXI, 1976.

García Borrero, Juan Antonio. Crítica de Adorables mentiras. En:
https://endac.org/encyclopedia/adorables-mentiras/

Metz, Christian. El significante imaginario. Barcelona: Paidós, 1977.

Paz, Senel. Entrevista en: Cancio Isla, Wilfredo. “Adorables mentiras o la broma perpetua”. La Gaceta de Cuba, sept.–oct. 1992, pp. 14–18.

Sigue explorando el análisis discursivo de la película Adorables mentiras

Descubre aquí más lecturas críticas del cine cubano, con estudios sobre lenguaje, ideología, representación social y los códigos discursivos presentes en cada película.

Buzón de formulario

Hola, 👋
encantados de conocerte.

Regístrate para recibir contenido interesante en tu bandeja de entrada, cada semana.

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

Deja un comentario